sábado, 25 de agosto de 2007

Grandes poetas menores: una personal colectánea


Como parte de mi flirteo con la narrativa, practico una tímida calistenia escritural y colecciono poemarios escritos por narradores. Mi escritura aguarda aún la paciencia, pero el anaquel de la biblioteca que sostiene esos poemarios, es un jadeante enfilamiento de asombros que se ha distendido con los años, defendiéndose de las mudanzas, las limpiezas a fondo e incluso las mutaciones de mi muy sagitariano deseo.
La colectánea de la que hablo —situada muy cerca de la repisa donde se hallan diccionarios y libros religiosos— es menos que ortodoxa. Los poemarios de narradores, adquiridos al principio como una rareza editorial, están custodiados por cuentos y novelas de poetas que me intrigan. También hay en ese terraplén lecturas aún menos encasillables: novelas que se me antojan largos poemas y poemarios que leo como cuentos. Por último, he recaído en la tentación de acopiar libros que resultan inclasificables desde la apariencia de sus páginas.
Confieso que ese anaquel se fue alzando sin teorización alguna, lejos de las modas, las consejas amigas o los preceptos aprendidos en la universidad. Estaba ahí sin que nadie exigiera justificación. Pero de pronto, al verme obligada a dar cuenta de las pulsiones de mi anhelo lector, me pregunto si los más preciados libros de mi biblioteca ruedan a ciegas por el canto de la reglas.
Asumo que el asunto de los géneros preocupa y ocupa muy seriamente a los críticos, superando las clasificaciones, los nombres, las esencias idóneas. Si me interesara, trataría aquí de ahondar en la interioridad pura de los textos, saber cuál es la relación que une a un texto con un género, qué ocurre con el debate epistemológico y ontológico. Podría, si me interesara, extraviarme en teorías nominalistas, decir que el género es una configuración histórica concreta y única y que el tema se clausuraría si lo asumimos como un simple postulado de exterioridad, una necesidad clasificatoria de los bibliotecarios, una construcción dada a partir de una proyección retrospectiva, una entidad extratextual, etcétera, etcétera, etcétera.
Aunque semejante forcejeo teórico no me seduce, no obvio que el tema de los géneros es álgido e irresoluto, y que yo misma, sin quererlo, he fundado una anaquel de rarezas, transgresiones, objetos sumadores de interrogantes. Los poemarios de los narradores fueron al comienzo de mi gesta una suerte de trofeos de excentricidad, hallazgos para un futura obsesión. Aún así comencé a vislumbrar que se trataba de una tristísima contabilidad de autores consagrados que, a la par de exitosos libros narrativos, han hilvanado un trabajo poético de gran envergadura, pero de escasa relevancia social y comercial. Esos “grandes narradores” son también “grandes poetas menores” que más allá —y a pesar— de su vigorosa novelística o cuentística se consideran a sí mismos “poetas”, haciendo de la poesía un espacio de certeza, intimidad y trascendencia.
Inventariemos unos pocos nombres, quizá los más obvios, los más traducidos al español, los más antologados. Narradores que hasta han obtenido un Premio Nóbel por sus novelas, pero cuyos libros de poesía contienen casi siempre preámbulos quejumbrosos.

Empecemos por Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro y Dr. Jekyll y Mr. Hide, contundentes novelas que han restado visibilidad a su impecable poesía.

James Joyce, por ejemplo, se avocó la poesía prácticamante durante toda su vida, por lo que sus temas, estilos y puntos de vista variaron mucho con el paso de los años. Hay quienes señalan que Joyce se vio escindido en su juventud entre sus tendencias poéticas y prosísticas, pero que con el tiempo ambas se unieron armoniosamente en su Ulises, que junto a sus otras grandes novelas sin embargo no contuvieron la necesidad del autor de continuar escribiendo poesía. José Antonio Álvarez Amorós concluye en su estudio preliminar de las obras completas de Joyce en español que “la importancia de Joyce en el panorama literario del sigo XX hubiera sido ínfima de haberse basado únicamente en su obra lírica” y habla de sus versos como intrascendentes y repletos de sentimentalismos, en los que el autor no virtió “siquiera un retazo de la genialidad que esmalta su narrativa”. Sin embargo, sus poemas reflejan una voluntad lírica en la que puede rastrearse su preocupación los por los temas del exilio y las lecturas de autores clásicos que lo influyeron.

De D.H. Lawrence se ha dicho hasta el cansancio que es “mal poeta”, pero no como resultado de una lectura conciente sino de las sombras propinadas por su célebre novela El amante de Lady Chatterley. Su poesía discurrió paralelamente a sus novelas, cuentos y ensayos, con un tono telúrico y universalista.

Djuna Barnes, escribió poesía todos sus días y en especial durante los últimos, que pasó encerrada y enferma, dedicada a la escritura poética. De todas maneras se le recuerda por su novela El bosque de la noche, editada por T.S. Eliot, quien valoró sobre todo sus recursos poéticos, aunque luego recomendaría a la autora restringirse a la prosa. En uno de sus cuentos Barnes define la poesía a través de un personaje que dice: “!Ah, ese poema, ese breve trozo de poema! Es una cosa muy conmovedora, densa, dulce, un fragmento de lenguaje. Te hace sentir piedad en todo el cuerpo, porque es completo pero mutilado, como una estatua griega, y sin embargo, intacto, como la vida”.

Otro narrador que engrosa mi ecléctico y antojadizo anaquel es Vladimir Nabokov, para quien la poesía fue el espacio de soñar el reencuentro entre la creación y su país natal, por lo que sus poemas iniciales están llenos de una nostalgia que iría decantándose hasta llegar a un estilo que el autor calificó de “duro”. La poesía de Nabokov padece un doble ensombrecimiento: el provocado por la notoriedad de los poetas rusos del siglo XX (Ajmatova, Tsvietaieva, Maiakowski) y el que le arroja la brillantez de su propia obra narrativa, sobre todo su novela Lolita, escrita a su llegada a Estados Unidos tras un largo periplo de exilado. La novela fue llevada al cine por Stanley Kubrick con guión del propio autor y Lolita se convirtió en sinónimo de belleza, seducción y pedofilia, una suerte de artefacto verbal que ha pasado al sistema de referencia del habla popular.

En la bibliografía de Marguerite Yourcenar no suele incluirse su obra poética, que si bien fue escasa y publicada sobre todo en revistas, es íntima y sugerente, aunque opacada por Memorias de Adriano y sus otras novelas y ensayos, y por su entrada triunfal a la Academia Francesa de la Lengua —fue la primera mujer en hacerlo. Aunque la poesía está inserta ya en sus Memorias de Adriano como un sector de confluencia del alma y el lenguaje, en sus tres libros de poesía (El jardín de las quimeras; Los dioses no han muerto; y Las caridades de Alcipo) Yourcenar se llena de sugerencias y un lenguaje preciso, acentuado por la intimidad.
La poesía de Samuel Beckett, célebre por Esperando a Godot o Malone muere, ha sido poco revisada, siendo la suya una poética que ha sabido llegar a las últimas consecuencias del lenguaje. Señala el poeta Jenaro Talens en sus notas preliminares a una traducción de la Obra Poética Completa de Beckett que el autor “no es un novelista o dramaturgo que en determinada época de su vida escribió poesía, sino esencialmente un poeta que ha utilizado los diferentes géneros literarios para expresarse”.

En el caso de Malcom Lowry un solo libro, Desde el volcán, ha sido capaz de desechar una obra poética de peso, que refleja con la misma intensidad que la prosa las vivencias y emociones del autor. Sus poemas dan cuenta de todo el recorrido vital y literario de Lowry hasta el punto de que uno de sus últimos poemas habla del éxito y los desastres propiciados por la aparición de su novela y titulado muy precisamente Tras la publicación de “Bajo el volcán”. Escribe: “La fama como un borracho consume la casa del alma/ Revelando que sólo has trabajado para eso—/ ¡Ah!, si yo no hubiese sufrido su traidor beso/ Y hubiese permanecido en la oscuridad para siempre,/ hundido y fracasado».

Primo Levi es el caso del narrador que confina su obra poética. Escribió poesía desde que salió del campo de concentración de Auschwitz, hasta tres meses antes de suicidarse en 1987 en su Turín natal, pese al vaticinio de Adorno de que nadie más escribiría poesía después de Auschwitz. Sin embargo, publicó un solo libro de poesía, A una hora incierta, en 1984, que llegó al español apenas el pasado 2005. Esa estaticidad editorial obedeció a que el propio Levi percibía la poesía como fugacidad, momento privilegiado pero escurridizo, que llegaba “a una hora incierta”.

Augusto Roa Bastos es otro de los narradores que atravesaron la literatura cobijados por los latidos de la poesía. Autor de la emblemática novela Yo el supremo escribía ya poesía cuando apareció su primer libro de relatos en 1953, aunque publicó tan solo tres poemarios (El ruiseñor de la aurora, El nido de la alegría y El naranjal ardiente, en 1942, 1944 y 1960). El Premio Cervantes, fallecido en el año 2005, abandonó la poesía como estructura formal, pero continuó destejiendo metáforas y torrentes poéticos en toda su narrativa. Quizá su poesía carece del brillo de su prosa, pero no por ello desmerece su lectura. Se trata, una vez más, de una poesía arropada por una narrativa monolítica en la historia de la literatura hispanoamericana.

Günter Grass ha escrito poesía toda la vida, su arribo a la literatura ocurrió precisamente a través de la poesía. De hecho, el autor de El tambor de hojalata y El rodaballo, tiene corpus poético nada despreciable, que supera la media docena de poemarios. Grass, que se autodefine como “poeta de circunstancia”, es en realidad un creador que no admite disyuntivas genéricas: dibuja, hace escultura y sus novelas contienen poemas. Él mismo ha comentado que la poesía es “el instrumento más exacto para conocerme de nuevo, para tomarme nuevamente el pulso”.

La situación del norteamericano John Updike es también sintomática. Cuentan que de joven escribía poemas cada vez que caía enfermo. Pero ese antídoto contra la cama pronto se convertiría en una muy seria propuesta estética que ha dado como fruto lúcidos poemarios al mismo tiempo que novelas muy leídas. Cuando Updike sacó a la luz su segundo poemario, Postes de teléfono, ya era el muy reconocido autor de la novela Corre conejo. Su poesía supo siempre entrecruzarse sabiamente con su prosa, generando poemas reflexivos pero de tono narrativo y lúdico. Conciente como estaba de su trabajo poético, Updike —a quien Pitchard tildó de “poeta anómalo e inclasificable”— señaló en una entrevista en 1968 “me gustaría merecer el honroso apelativo de poeta”. También ha señalado que quizá su obra poética merezca ser ignorada: “Aunque no creo que los que deciden qué es poesía que merezca la pena leer son, mayormente, gente que le ha dedicado sus mayores esfuerzos, y a alguien que escribe poesía de forma ocasional se le mira con sospecha… De alguna forma, las necesidades de mi carrera… me han hecho no dedicarme tanto a la creación poética. Pero no me siento, por supuesto, avergonzado de mis poemas”.

Para concluir esta rebatible enumeración —a la que en otra oportunidad añadiré más nombres de la literatura hispanoamericana— me permito convocar el nombre de Winfried Georg Sebald, cuya estrepitosa muerte en el año 2001 no nos dejará saber ya si hubiese habido un poesía suya junto a novelas como Los emigrados o Austerlitz. Sin embargo, nos queda Del natural, magistral y gélido texto que han temido calificar como poema narrativo, editándose en una colección de narrativa aún cuando el mismo Sebald lo subtituló “Poema rudimentario”. Paradójicamente, este libro fue el primero que escribió y el último que consideró publicar. Es como si la poesía fuese comienzo y final, serpiente que se muerde la cola tras un recorrido abnegado y fallido por el antojo de lectores que, como yo, valoramos la existencia de un saber poético y un saber narrativo no necesariamente discernibles, clasificables, denotables.
Quedaría dilucidar las tensiones que conducen al escritor a bifurcar su necesidad discursiva. Narrativa y poesía obedecen a conciencias absolutamente distintas, pero también a dictámenes exógenos como lo son el tiempo y el espacio en el que se oficia la palabra. La poesía es el lugar de la fe, la narrativa el de la certeza. La poesía reivindica la confesión, la desembocadura del espíritu, el silencio, el fin de los acatos. La narrativa, en cambio, predispone a la mirada atenta, la realidad, su ruido. La poesía condensa, la narrativa expande e incita a la máscara. El puente entre ambos géneros se construye desde la conciencia del lenguaje. El salto del narrador hacia la poesía es siempre huida, necesidad de disolución, una estrategia para fracturar las formas acotadas de la comunicación convencional. Dice Herman Broch en su inclasificable obra La muerte de Virgilio: “El arte genuino rompe los confines, los atraviesa y va por nuevos, hasta entonces desconocidos, ámbitos del alma, de la vista, de la expresión, penetra en lo originario, en lo inmediato, en lo real”.

Frente a la interrogante de porqué no ceñirse a un solo género, muchos narradores que escriben poesía señalan, como lo ha hecho Czeslaw Milosz que, si bien existe una crisis entre la prosa y la poesía, esa crisis debe ser aceptada “únicamente como una crisis entre la voluntad propia e individual y el fatalismo en la que gravita”. La española Luisa Castro —sospechosamente mejor poeta que novelista—, defiende el placer de la escritura y como tantos otros creadores tan prolíficos en narrativa como en poesía prefiere fórmulas sencillas: “Hay novelistas que son novelistas y punto, y poetas que son poetas y punto. Y hay otros que hacen esto o lo otro dependiendo de lo que les apetezca en ese momento”.
Cabe preguntarse quién o qué minusvale o niega la poesía del narrador: ¿acaso la desmesura de los críticos que ponen y quitan nombres de la historia?; ¿acaso el mercado editorial, que pretende erigirse como espejo del conglomerado social?; ¿acaso los lectores, que prefieren los mecanismos anónimos antes que el incisivo diálogo interior que propone la poesía?; ¿acaso el azar, el propio autor? En ciertos casos es la conjunción de todo, pero lo que parece constante es la asunción generalizada de que la poesía no interesa. Al menos, de que no interesa sino para dar cierto soporte estético y lúdico al entramado sociocultural, pues la poesía no se vende, ni se lee, ni se respeta. Y frente a tan avasallante y criminal conclusión, qué importan las definiciones genéricas. La poesía y todas aquellas formas de medianía, donde se difuminan las fronteras literarias, permanecen aún en los subsuelos de los discursos legitimadores, lejos de los mesones de novedades y las cifras exitosas, ausente de los presagios y la necesaria sed de belleza, que nada tiene que ver con la imprevisible temporalidad del entorno social. El poeta es un extranjero, un errante cuya identidad guarda señas de desconsuelo. No son los “grandes narradores” “poetas menores”, es la poesía toda, con su pequeña gran verdad a cuestas, un género de exilios, minorías, fugas y dislocaciones; un género que por incómodo y visionario lo pone todo en entredicho, incluso la conciencia, la palabra y las grandes conmociones humanas.

Bibliografía
BARNES; Djuna, Poesía reunida 1911-1982. Igutur/Poesía. Madrid, 2004.
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JOYCE, James. Poesías completas. Colección Visor de Poesía. Madrid, 1987.
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YOURCENAR, Marguerite. Las caridades de Alcipo y otros poemas. Colección Visor de Poesía. Madrid, 1990.
ZAMBRANO, María. Filosofía y poesía. Fondo de Cultura Económica. México, 2001.


© Jacqueline Goldberg
Este texto constituye un ensanchamiento —no definitivo— de la ponencia presentada en el XI Encuentro Internacional de Escritores, realizado en Monterrey, México, entre el 5 y el 7 de octubre del 2006. Publicado en la revista Conciencia Activa 21. No. 16. Abril del 2007.